martes, 25 de diciembre de 2012

El dolor era insoportable, temblaba de pura desesperación, y el olor…Olía como a podredumbre



Y entonces ocurrió, mire el saco de sangre, los latidos de mi corazón empezaron a atronar en mi pecho, la visión se me nubló y me desmayé. Fue algo instantáneo, primero las voces a mi alrededor empezaron a distorsionarse, pequeños destellos de luz brotaron de todas partes y, finalmente, perdí el sentido… A medida que las voces se alejaban más y más, me sumergía en una visión aterradora, como sacada de una de las peores pesadillas, nada que ver con esas películas de miedo que se regodean en imágenes de casquería, cuellos rotos y cabezas arrancadas, todo esto era mucho peor y parecía tan real…

Estaba encadenada, dentro de una jaula de hierro, tenía las manos atadas y me dolían como si me las hubiesen quemado. No podía moverme y me faltaba el resuello, sangraba profusamente por multitud de cortes en mi cuerpo desnudo, podía notar como fríos riachuelos de sangre se iban abriendo camino sobre mi piel. No podía verlas, pero juraría que tenía agujas metidas entre las uñas, algunas de las cuales habían sido arrancadas…El dolor era insoportable, temblaba de pura desesperación, y el olor…Olía como a podredumbre, era insoportable, no podía respirar y mi cuerpo se convulsionaba por las nauseas, podía notar como la bilis acudía avinagrada a mi boca y me quemaba por dentro. Terror, mezclado con desesperación; estaba sola, pero no por mucho tiempo.

La jaula estaba en el centro de una habitación que parecía pertenecer a algún tipo de construcción antigua de piedra, como un castillo o alguna edificación antigua; hacía frío, mucho frío. Las paredes estaban decoradas con tapices macabros y sobre la cama había un escudo de armas: un blasón, tres dientes de jabalí o de lobo y una especie de lagarto con garras rodeándolo. Me costaba enfocar la vista pero, aunque no podía apreciar los detalles de la habitación, era como si los hubiese visto muchas veces antes y no necesitase mirarlos con atención para reconocer en ellos el legado del horror y el miedo.

Se escuchaban pasos acercándose, como si de un ejército se tratase, y los gritos de una mujer. Por alguna razón esos gritos eran lo que más terror me causaba. Mi visión se nublaba, pero esta vez estaba convencida de que no iba a ser capaz de abrir los ojos nuevamente. Unas débiles palabras, cargadas de odio, salieron de mi boca mientras iba notando como se me escapaba la vida; al  mismo tiempo una sombra oscura se cernía sobre mi – “Erzsébet, Erzsébet, Erzsébet, boszorkányok, ördögök, vámpírok [1] “-.

Cuando volví a abrir los ojos, muerta de dolor, el doctor con cara de ángel estaba sobre mí - intentaba evitar que me tragase la lengua- con una expresión de pavor en sus ojos; me había quitado la vía del brazo y parecía salirme espuma por la boca, tenía toda la cara húmeda y pegajosa.


[1] Húngaro: Elizabeth, Elizabeth, Elizabeth, bruja, demonio, vampiro

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